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Un cirujano y un editor de revistas levantaron en Londres una torre de monedas de plata y discos de zinc copiando una carta que ni siquiera iba dirigida a ellos. Pusieron una gota de agua encima para mejorar el contacto y vieron salir burbujas.

En mayo de 1800, semanas después de que Alessandro Volta describiera su pila en una carta a la Royal Society, el cirujano Anthony Carlisle y el químico y editor William Nicholson descompusieron por primera vez el agua con una corriente eléctrica.

✍️ Montse 📅 29 de September de 2026 ⏱ 6 min de lectura 👁 2 visitas
Un cirujano y un editor de revistas levantaron en Londres una torre de monedas de plata y discos de zinc copiando una carta que ni siquiera iba dirigida a ellos. Pusieron una gota de agua encima para mejorar el contacto y vieron salir burbujas.

Una carta desde Como

El 20 de marzo de 1800, Alessandro Volta fechó en Como una carta dirigida a Joseph Banks, presidente de la Royal Society de Londres. En ella describía un instrumento nuevo: una columna de discos alternos de plata o cobre y de zinc, separados por cartones empapados en agua salada, que producía electricidad de forma continua sin necesidad de frotar nada. Era la primera pila eléctrica. Volta envió la carta en dos partes y, mientras llegaba la segunda, Banks enseñó la primera a algunos conocidos. Uno de ellos era Anthony Carlisle, cirujano del hospital de Westminster que también había estudiado arte en la Royal Academy. Carlisle se lo contó a su amigo William Nicholson, un hombre de mil oficios: había trabajado para la Compañía de las Indias Orientales, era traductor, inventor y, desde 1797, editor del Journal of Natural Philosophy, Chemistry and the Arts, la primera revista científica mensual de Gran Bretaña.

Diecisiete medias coronas y una gota de agua

A finales de abril y comienzos de mayo de 1800, los dos amigos construyeron su propia pila con 17 medias coronas de plata, otras tantas piezas de zinc y cartones empapados en agua salada. Querían averiguar qué tipo de electricidad había en cada extremo y, para mejorar el contacto con uno de los cables, pusieron una gota de agua sobre la placa superior. Carlisle notó que alrededor del cable se desprendía un gas. Reorganizaron el experimento: llenaron un tubo de agua, lo cerraron con tapones atravesados por hilos de latón y lo conectaron a la pila. De uno de los hilos brotaba una corriente continua de burbujas de hidrógeno, mientras el otro se oscurecía porque el oxígeno lo estaba oxidando. En otros montajes recogieron ambos gases por separado y comprobaron que el volumen de hidrógeno era aproximadamente el doble que el de oxígeno, la misma proporción en que se combinan para formar agua. Por primera vez, una corriente eléctrica había roto una molécula.

El ángulo que rara vez se cuenta: una exclusiva que se adelantó al propio inventor

Nicholson publicó el resultado en su propia revista en julio de 1800, junto con una descripción detallada de la pila, cuando el artículo de Volta, leído ante la Royal Society el 26 de junio, aún no había aparecido en sus Philosophical Transactions. Algunos historiadores de la química han descrito el episodio como un caso de mala conducta editorial: Nicholson se adelantó con el invento de otro, que conocía por una carta que no iba dirigida a él. Pero aquella prisa tuvo consecuencias enormes. En pocos meses, el alemán Johann Wilhelm Ritter repitió la electrólisis por su cuenta y recogió los gases por separado, y en Londres un joven Humphry Davy empezó a usar pilas cada vez más grandes para descomponer sustancias que se tenían por elementos. Entre 1807 y 1808, Davy aisló por electrólisis el potasio, el sodio, el calcio, el bario y el magnesio. La electroquímica nació, en buena medida, de una gota de agua puesta para mejorar un contacto.

La física de partir una molécula de agua

En la electrólisis, dos electrodos conectados a una fuente de corriente continua se sumergen en agua a la que se añaden sales o bases para que conduzca. En el cátodo, el polo negativo, los electrones que llegan reducen el agua y se forma hidrógeno gaseoso; en el ánodo, el positivo, el agua se oxida, cede electrones y libera oxígeno. Por cada molécula de oxígeno salen dos de hidrógeno. La termodinámica fija un mínimo: hace falta una tensión de 1,23 voltios para separar el agua a temperatura ambiente, y en la práctica los electrolizadores trabajan por encima de 1,7 o 1,8 voltios por las pérdidas en los electrodos, las membranas y el electrolito. Eso se traduce en unos 50 kilovatios hora de electricidad o algo más por cada kilo de hidrógeno. Los equipos actuales pertenecen a dos grandes familias: los alcalinos, que usan una disolución básica como la de aquellos primeros tubos, y los de membrana de intercambio de protones, con un polímero sólido y catalizadores de metales como el platino y el iridio. Si la electricidad procede de fuentes renovables, el hidrógeno resultante no emite dióxido de carbono en su fabricación, a diferencia del que hoy se produce mayoritariamente a partir de combustibles fósiles, sobre todo gas natural.

Por qué importa hoy

El 17 de septiembre de 2026, la energética Moeve inició oficialmente en Palos de la Frontera, en Huelva, la construcción de Onuba, la primera fase de su Valle Andaluz del Hidrógeno Verde. Tendrá 300 megavatios de electrólisis, ampliables después en otros 105, una inversión conjunta superior a 1.000 millones de euros, que incluye una planta fotovoltaica para autoconsumo, y 304 millones de euros de financiación pública. Producirá unas 45.000 toneladas anuales de hidrógeno renovable, lo que según la compañía evitará la emisión de unas 250.000 toneladas de dióxido de carbono al año. Moeve, que adoptó la decisión final de inversión en marzo, posee el 51% del proyecto. No es un caso aislado: Repsol tiene aprobados dos electrolizadores de 100 megavatios en Cartagena y en Muskiz, previstos para 2029, e Iberdrola opera en Puertollano un electrolizador de 20 megavatios que abastece a una fábrica de fertilizantes. El destino de ese hidrógeno no son, de momento, los coches, sino las refinerías, la química y los fertilizantes, que ya consumen hidrógeno fabricado con gas. Las cifras encajan con la física: 300 megavatios funcionando todo el año suman unos 2.600 gigavatios hora, lo que para 45.000 toneladas supone unos 58 kilovatios hora por kilo de hidrógeno, en línea con el rendimiento real de los electrolizadores. Doscientos veintiséis años después de que un cirujano y un editor pusieran una gota de agua sobre una torre de monedas, la reacción que vieron burbujear en un tubo de Londres empieza a levantarse a escala de cientos de megavatios en la costa de Huelva.

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