Se negó a formar una gran escuela de alumnos, prefirió repetir cada experimento con sus propias manos y nunca se casó. Aun así, descubrió dos veces algo que cambiaría la ciencia: primero una bacteria capaz de fabricar fertilizante del aire, y después una
Se negó a formar una gran escuela de alumnos, prefirió repetir cada experimento con sus propias manos y nunca se casó. Aun así, descubrió dos veces algo que cambiaría la ciencia: primero una bacteria capaz de fabricar fertilizante del aire, y después una
Un bacteriólogo de fábrica que trabajaba con levadura, no con plantas
Martinus Beijerinck nació en 1851 en Ámsterdam y se formó como ingeniero químico en la Escuela Politécnica de Delft, donde se doctoró en 1877 con una tesis sobre agallas vegetales. Tras varios años dando clases de botánica en un instituto agrícola de Wageningen, en 1885 aceptó un puesto que a muchos científicos de su generación les habría parecido un paso atrás: bacteriólogo de la Nederlandsche Gist- en Spiritusfabriek, una fábrica de levadura y alcohol de Delft, donde pasaría una década investigando microorganismos industriales lejos de cualquier universidad.
Una bacteria que fabrica fertilizante dentro de una raíz
Dos años antes, en 1886, los agrónomos alemanes Hermann Hellriegel y Hermann Wilfarth habían demostrado que las leguminosas —guisantes, judías, alfalfa— podían crecer en suelos pobres en nitrógeno sin necesidad de abono, gracias a unos bultos que les crecían en las raíces. Lo que no habían logrado era aislar al responsable exacto de ese fenómeno. Beijerinck sí: en 1888, trabajando en su laboratorio de la fábrica de levadura, consiguió cultivar en estado puro la bacteria alojada en esos nódulos radiculares y la bautizó Bacillus radicicola, hoy conocida como Rhizobium. Había identificado el microorganismo capaz de capturar nitrógeno del aire —un gas que las plantas, por sí solas, no pueden aprovechar— y convertirlo en un compuesto que la propia planta usa como fertilizante natural.
El ángulo menos contado: prefería trabajar solo, incluso después de tener alumnos a su cargo
En 1895, ya profesor de microbiología en Delft, Beijerinck fundó su propio laboratorio y con él lo que después se conocería como la Escuela de Delft de microbiología. Pero, a diferencia de otros catedráticos de su tiempo, nunca formó una gran escuela de doctorandos: se casó con la ciencia, no tuvo hijos, y quienes trabajaron con él lo describieron como un hombre exigente hasta la aspereza, poco dispuesto a tolerar el error o la conversación ociosa en su laboratorio. Prefería experimentar personalmente cada hipótesis antes que delegarla, un método que lo hizo extraordinariamente meticuloso, pero también lento para publicar y, a menudo, solitario incluso rodeado de colegas.
Un patógeno tan pequeño que atravesaba un filtro de porcelana
En 1898, Beijerinck retomó un problema que llevaba dos décadas intrigando a los científicos europeos: el mosaico del tabaco, una enfermedad que moteaba y arrugaba las hojas de la planta y arruinaba cosechas enteras. El botánico alemán Adolf Mayer había demostrado en 1886 que la savia de una planta enferma podía transmitir la enfermedad a una sana, y el ruso Dmitri Ivanovsky había comprobado en 1892 que esa savia seguía siendo infecciosa incluso tras pasar por un filtro de porcelana tan fino que ninguna bacteria conocida podía atravesarlo. Ivanovsky, sin embargo, no se atrevió a sacar la conclusión evidente y asumió que se trataba de una bacteria diminuta o de una toxina. Beijerinck repitió el experimento de forma independiente, demostró además que el agente se difundía a través de un gel de agar —algo que ninguna bacteria podía hacer— y que solo se multiplicaba dentro de células vegetales vivas en división, nunca en un cultivo muerto. Concluyó que no se enfrentaba a una bacteria, sino a un contagio de un tipo completamente nuevo, al que llamó contagium vivum fluidum, un "germen vivo soluble", y para el que empleó una palabra latina que ya existía pero que él llenó de un significado nuevo: virus.
Por qué importa hoy
El mismo microorganismo que Beijerinck aisló por primera vez en 1888 sigue siendo, más de un siglo después, el modelo de referencia para reducir la dependencia mundial del fertilizante sintético. El 28 de mayo de 2026, un equipo de la Universidad Estatal de Washington liderado por la bióloga Stephanie Porter, con Angeliqua Montoya como autora principal, publicó en la revista Current Biology los resultados de una investigación de una década en la que lograron trasplantar un conjunto de genes conocido como "isla de simbiosis" —tomado de bacterias rizobiales, exactamente el mismo tipo de organismo que Beijerinck cultivó por primera vez en Delft— a cepas de bacterias que de forma natural no fijan nitrógeno, y convertirlas en fijadoras de nitrógeno en un único paso genético. "Podemos convertir estas bacterias comunes en otras capaces de captar nitrógeno para fertilizar plantas en un solo paso", explicó Porter. El objetivo declarado del equipo es reducir la dependencia del fertilizante sintético en cultivos como el trigo y el maíz, que a diferencia de las leguminosas nunca desarrollaron una simbiosis equivalente a la que Beijerinck describió hace más de 130 años. Casi siglo y medio después de que aquel bacteriólogo solitario de una fábrica de levadura aislara la bacteria de los nódulos radiculares, la ciencia sigue intentando enseñar ese mismo truco a las plantas que más alimentan al mundo.