Un presidente anunció al mundo que un científico había domado en una isla de la Patagonia la energía de las estrellas. Era mentira. Pero un astrofísico que preparaba sus vacaciones de esquí leyó la noticia.
El 24 de marzo de 1951, Juan Domingo Perón proclamó que el físico austríaco Ronald Richter había logrado reacciones termonucleares controladas en la isla Huemul, junto a Bariloche.
Un científico con nombre falso y una isla en los Andes
En agosto de 1948 llegó a Argentina un físico austríaco que viajaba con el alias de «doctor Pedro Matthies». Se llamaba Ronald Richter y había propuesto durante la Segunda Guerra Mundial ideas sobre fusión nuclear a las autoridades alemanas. El ingeniero aeronáutico Kurt Tank, que trabajaba para el Gobierno argentino, se lo presentó al presidente Juan Domingo Perón, y Richter le convenció de que podía lograr lo que ninguna potencia había conseguido: reproducir en la Tierra la fusión que alimenta el Sol. Perón le dio carta blanca. En 1949 comenzaron las obras en la isla Huemul, en el lago Nahuel Huapi, junto a San Carlos de Bariloche, con un búnker de hormigón para el reactor. El proyecto llegó a costar el equivalente a unos 15 millones de dólares de la época.
La rueda de prensa que dio la vuelta al mundo
El 24 de marzo de 1951, Perón convocó a la prensa en Buenos Aires y anunció que el 16 de febrero Richter había producido reacciones termonucleares controladas. Prometió que la energía se vendería algún día en recipientes del tamaño de una botella de leche. La noticia apareció en periódicos de todo el mundo, y los científicos que la leyeron con atención la descartaron enseguida: los detalles no tenían sentido físico. En septiembre de 1952, una comisión enviada por el propio Perón, en la que participaba el joven físico José Antonio Balseiro, inspeccionó la isla. Balseiro concluyó que el arco eléctrico de Richter alcanzaba como mucho unos 100.000 grados, frente a los decenas de millones necesarios, y que sus detectores de radiación marcaban actividad incluso sin combustible. El 22 de noviembre de 1952, el proyecto fue declarado un fraude. Tras la caída de Perón, Richter fue detenido en octubre de 1955.
El ángulo que rara vez se cuenta: una mentira que fundó dos historias verdaderas
La primera ocurrió en Estados Unidos. Lyman Spitzer, un astrofísico de Princeton de 36 años que ya había propuesto en 1946 poner un telescopio en el espacio, se disponía a irse a esquiar a Aspen, en Colorado, cuando su padre le llamó para comentarle la noticia argentina publicada en The New York Times. Spitzer sabía que el método de Richter no podía funcionar, pero la pregunta se le quedó en la cabeza: ¿cómo se podría confinar un gas a millones de grados? La respuesta, según la historia que él mismo contaba, le llegó subido a un telesilla. Un plasma tan caliente no puede tocar ninguna pared, así que habría que sujetarlo con campos magnéticos dentro de un tubo cerrado sobre sí mismo. El problema era que en un simple anillo las partículas se desvían y escapan; Spitzer propuso retorcer el tubo en forma de ocho para compensar esa deriva. Llamó a su invento stellarator, de «stellar», estelar, y a su programa de investigación, Proyecto Matterhorn, porque, como buen alpinista, sentía que la tarea se parecía a escalar una montaña muy difícil. En 1953 funcionaba ya el primer prototipo, el Modelo A. La segunda historia ocurrió en la propia Argentina: con parte del equipamiento de la isla se creó en Bariloche el Instituto de Física que hoy lleva el nombre de Balseiro, uno de los centros de física y de ingeniería nuclear más prestigiosos de América Latina.
Eclipsado durante medio siglo
En 1968, el tokamak soviético T-3, un reactor en forma de rosquilla más sencillo de construir, logró resultados muy superiores, y Princeton convirtió su stellarator en un tokamak. Durante décadas, casi todo el esfuerzo mundial en fusión, incluido el gran proyecto internacional ITER en Francia, siguió ese camino. El stellarator tiene una ventaja teórica enorme, puede funcionar de forma continua y es menos propenso a las inestabilidades que interrumpen bruscamente el plasma en los tokamaks, pero sus bobinas retorcidas eran tan complejas que solo los superordenadores modernos permitieron diseñarlas con precisión. Spitzer murió en 1997; en 2003, la NASA puso su nombre a un telescopio espacial.
Por qué importa hoy
El renacimiento del invento de Spitzer tiene sede en Alemania. En la campaña de experimentos que concluyó el 22 de mayo de 2025, el stellarator Wendelstein 7-X del Instituto Max Planck de Física del Plasma, en Greifswald, mantuvo durante 43 segundos un nuevo valor máximo del triple producto, el parámetro que combina densidad, temperatura y tiempo de confinamiento y que mide lo cerca que está un plasma de producir energía neta. Para lograrlo, un inyector del Laboratorio Nacional de Oak Ridge disparó unas 90 bolitas de hidrógeno congelado de un milímetro durante la descarga. La máquina elevó además a 1,8 gigajulios la energía intercambiada en un plasma de 360 segundos. Sobre esa base, el 26 de febrero de 2026, la empresa emergente Proxima Fusion, nacida del mismo instituto, firmó con la eléctrica RWE, el estado de Baviera y el Instituto Max Planck un acuerdo para construir en Garching Alpha, un stellarator de demostración que aspira a ser el primero en lograr ganancia neta de energía en la década de 2030, con un coste estimado de 2.000 millones de euros, y después Stellaris, una central comercial en Gundremmingen, en los terrenos de una antigua central nuclear de fisión. El 7 de julio de 2026, Proxima anunció una ronda de financiación de 411 millones de euros con una valoración de 2.400 millones, la mayor inversión en fusión registrada en Europa. Setenta y cinco años después de una rueda de prensa que prometía energía en botellas de leche, el falso milagro de la Patagonia sigue dando frutos reales.